El mundo de Helia Nadezdha Witker tiene la magia que comienza en el corazón de la infancia. Sus palabras son la puesta en escena de algo que va más allá del Teatro: es un ritual de transmutación. Es su historia, nuestra historia.

“Esa mañana nadie fue reina, ni hubo cuatro reinos sobre el mar”, recuerda.

Helia tenía diez años el 11 de septiembre de 1973, cuando salió al colegio vestida de fiesta, y al volver a su casa en Concepción todo había cambiado. Era el primer día de la dictadura.

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Es esa niña la que habla en su voz.

Su onírica falda blanca hecha jirones es el escenario y el viaje. Con ella recorre los caminos marcados por el último discurso de Salvador Allende, La Moneda en llamas, y luego la ruta de los sucesivos campos de concentración donde llevaron a su padre después del Golpe: su voz sigue a la niña que seguía a su padre.

Entre el sueño y la realidad, está también la lujosa fantasía de su obra plástica, que contiene el estallido del color y la fusión de las pasiones de América Latina. Su obra va de la luz a la luz, cruzando túneles de sombra. Helia deja numerados nuestros fantasmas: es la vida que todo lo abarca, que lo supera todo. Por eso, por ejemplo, los nombres, uno tras otro, de los detenidos-desaparecidos, escritos en “El Árbol Sagrado de Chile”.

La historia está allí, inescapable, pero Helia Witker propone una suerte de final feliz, de nuevo comienzo. El suyo no es solo es el camino del humo. Es el camino del corazón.

“Atrás quedaban sus camaradas del copihue del sur -escribe-, con los que había llegado desde la Isla Quiriquina a Chacabuco, a sobrevivir, a compartir y crecer. Atrás quedaba un pueblo sufriente, quedaba el viento, la nieve, la lluvia, el mar, el sol. El olor de la sal, de la verdadera sal de la vida, tan simple y ahora lo sabía, tan yodo y arena y agua, para respirar”.